Por Gustavo Melo Barrera
Cada 7 de agosto, Colombia recuerda con solemnidad la Batalla de Boyacá, ese episodio heroico en el que vencimos al ejército español y supuestamente ganamos la libertad. Pero más de dos siglos después, seguimos siendo esclavos. No del imperio, sino de algo peor: la politiquería criolla, el narco disfrazado de senador, los noticieros como partidos de oposición, y los opinadores que creen que gobernar es tuitear indignación.
¡Traidores a la Patria! pic.twitter.com/OOtKMfiQmr
— Gustavo Petro (@petrogustavo) August 7, 2025
Este 2025, la conmemoración tiene sabor amargo, pero también algo de tragicomedia. Mientras Gustavo Petro intenta completar su mandato a punta de machetazos legislativos, la oposición lo ataca con todo: muñecas de la mafia con curul, generales nostálgicos del uribismo, y abogados que invocan a Bolívar, pero solo si es para defender a Álvaro Uribe.
Petro vs. El Régimen: Batalla Final (con comerciales)
El presidente llegó a Leticia rodeado de militares medio incómodos, ministros que ya no sabe si lo apoyan o lo están grabando, y una prensa que convierte cualquier discurso en escándalo. Petro no gobierna: sobrevive. A las tutelas, a los fallos, a las investigaciones sobre su hijo, al sabotaje presupuestal, y a los memes patrocinados por fundaciones que no pagan impuestos.
Desde que asumió, ha tenido que librar su propia batalla de Boyacá, pero esta vez en terreno minado: con cortes hostiles, procuradurías vengativas y una Fiscalía que investiga todo, menos a los que deberían. Cada reforma es una emboscada, cada anuncio una guerra relámpago, y cada error, una portada doble en Semana.
Las nuevas tropas del régimen: influencers, narcopolíticos y canales de noticias
A la vieja guardia del uribismo la acompañan ahora nuevos soldados: influenciadores moralistas con historial de fiestas en yates, periodistas devenidos en fiscales sin toga, carteles de la toga desde las altas cortes, y exreinas que juran amar la democracia, pero siguen soñando con palacios narcos y escoltas prestados.
Las FARC se desmovilizaron... solo para caer de pie en los brazos musculosos del nuevo paramilitarismo con tatuajes de: “disidencias” con fusil reluciente y diploma de paz en el bolsillo. El Clan del Golfo —rebautizado como AGC S.A.— marca el paso, mientras Zapateiro dirige desde las sombras como DJ de guerra reciclada. El ELN sigue cobrando por secuestro y comunismo, y los ex
M-19, que antes jugaban a la revolución, ahora ensayan el golpe blando con libreto prestado por Miami. Colombia, donde los viejos actores nunca mueren… solo se cambian el brazalete.
La batalla ya no es por la independencia, sino por los likes. La política no se debate en el Congreso, sino en X (antes Twitter), en columnas de opinión redactadas por grupos económicos, y en noticieros que tienen más intereses que reporteros.
Y en medio del fuego cruzado, ahí está Petro: improvisando discursos, escalando matones institucionales como si fuera Nathan Drake, y tratando de salvar una idea de cambio que se desangra entre traiciones, burocracia infiltrada y un gabinete que parece sacado de un casting de reality show.
Boyacá, la batalla que ganamos para perder todo lo demás
El 7 de agosto de 1819 vencimos a los españoles, pero perdimos la oportunidad de ser una república seria. En 2025, celebramos esa victoria con helicópteros, himnos y discursos, mientras los carteles del narcotráfico siguen repartiendo mercados y votos en los mismos pueblos donde Bolívar cabalgó.
Hoy, el enemigo no es un ejército realista, sino un entramado de mafias políticas, herencias coloniales y partidos que llevan tres décadas cambiando de nombre, pero no de prácticas. Y la política del cambio, por ahora, no logra más que sobrevivir entre emboscadas judiciales, reformas truncadas y peleas de egos en el Palacio.
Un país en guerra simbólica consigo mismo
Colombia no celebra la Batalla de Boyacá, la repite cada año, como un ritual cínico. Porque seguimos divididos entre criollos y chapetones, pero ahora todos nacidos aquí: unos con apellidos de abolengo y contratos estatales, y otros con discursos de Tik-Tok y manual de izquierda de café.
Mientras tanto, la realidad avanza: el cambio camina, los territorios se militarizan, las disidencias se rearman, y los colombianos se reparten entre los que aún creen en el cambio y los que solo quieren que todo siga igual, pero sin Petro.
Así que, ¡Viva Colombia, carajo! … mientras por dentro lloramos
Feliz 7 de agosto. Que viva la libertad, aunque sea a cuotas. Que vivan los héroes, aunque hoy no sabríamos reconocer más que uno ni con Google Maps. Y, ¡Que viva Colombia! aunque tengamos que pelear cada día por no volver a ser colonia, esta vez de nuestros propios demonios.







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