La principal causa de que el país no alcance el desarrollo de un país de primer mundo en América Latina, pese a su privilegiada posición geográfica —con salida a los océanos Pacífico y Atlántico, tres cordilleras, todos los pisos térmicos y 32 departamentos— es la presencia de grupos armados al margen de la ley, como las disidencias de las FARC y el ELN.
Cada aparición pública o privada de los tres candidatos presidenciales con mayor intención de voto, según las firmas encuestadoras —Iván Cepeda (izquierda), Paloma Valencia (Centro Democrático) y Abelardo de la Espriella (derecha)— refleja un escenario marcado por extremas medidas de seguridad: vehículos blindados, chalecos antibalas, francotiradores y tecnología de última generación.
Atrás quedaron las imágenes de aspirantes a la Presidencia caminando por las calles, asistiendo a restaurantes o concurriendo a medios de comunicación con tranquilidad.
Se trata de una campaña presidencial “bajo fuego”, atravesada por la amenaza de organizaciones criminales que, en todas sus formas, buscan influir en el resultado de la primera vuelta presidencial, mientras crece el desafío de combatir la abstención, según expresan ciudadanos de Bogotá, Cali, Pasto y San Andrés.
La seguridad de los candidatos presidenciales, tras el magnicidio de Miguel Uribe Turbay —crítico del Gobierno del presidente Gustavo Petro—, no solo se convirtió en una prioridad, sino también en un verdadero dolor de cabeza para distintos actores políticos.
La ola de violencia en departamentos como Cauca, Nariño y Putumayo, e incluso en la capital colombiana, continúa en aumento a pesar de las medidas adoptadas por gobernadores y alcaldes.
Las estadísticas indican que en Bogotá se cometen alrededor de 240 delitos diarios, entre robos de celulares, asaltos en estaciones del sistema de transporte público TransMilenio, entraderas en viviendas, saqueos a comercios y robo de vehículos a gran escala.
A esta altura del Gobierno de Gustavo Petro, en los pasillos del Congreso de la República todavía recuerdan cuando, durante la campaña, el mandatario y su vicepresidenta Francia Márquez aseguraban que en Colombia se iba a “vivir sabroso”.
Los hechos demuestran lo contrario. La violencia se disparó, aumentaron la pobreza y el desempleo, y quedó expuesta la fragilidad de la propuesta de “La Paz Total”.
La justicia y la igualdad hoy aparecen como palabras vacías. La paz se desvaneció y Colombia se transformó en un verdadero teatro de guerra, donde la campaña presidencial transcurre entre chalecos antibalas, autos blindados y un miedo que atraviesa los hogares de millones de ciudadanos.







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