Opinión
Posmodernidad

Una escuela desconectada: retos de la educación en tiempos de cuarentena

El entorno virtual ha generado una gramática mutante que no siempre respeta las tradiciones de la cultura letrada.

Por Juan David Parra Orozco, especial para NOVA

El período extendido de  cuarentena ha dejado en evidencia cómo el sistema educativo tiene dificultades de cobertura cuando se exige migrar hacia el entorno virtual.

Parece que aquello de impartir clases funciona mejor de la manera tradicional, es decir todos los estudiantes metidos en un aula y escuchando atentos a un profesor. Justo ese es el modelo de simple transmisión de información que ante el auge de la internet y la circulación de  contenidos digitales, ha permitido replantear que la educación no es solo recibir una serie programada de paquetes de contenidos que se espera sean aprendidos ad pedem literae.  

Educar es hacer aflojar desde adentro, permitir que del ser humano salgan preguntas, inquietudes, se tracen algunos procesos autónomos de indagación, especulación y contra-interrogación. Los estudiantes de la básica y la media así como los universitarios extrañan mucho ir a las clases presenciales.  Desde hace rato parecía circular en el medio educativo una premisa que ahora queda cuestionada:

Todos nuestros estudiantes son unos nativos digitales y por ende se desempeñan mejor en un medio virtual que en escenarios sociales fijos cuando de aprender se trata, a esto se suma otro supuesto relacionado con el afecto por la lectura y la escritura, se supone que los más jóvenes tienen una mayor disposición a la lectura en pantallas.

Sin duda en nuestra vida cotidiana cada vez se hacen más prácticas de lectura y escritura mediadas por las tablets, los computadores, los celulares pero esas maneras de leer y escribir puede que sean ligeras, apresuradas o descuidadas. En los mensajes que se redactan a diario por redes sociales se suele combinar muchos emoticones con la palabras que a veces quedan a medio camino, son cortadas o transformadas en sus usos y significaciones.

El entorno virtual ha generado una gramática mutante que no siempre respeta las tradiciones de la cultura letrada, aquella que se adquiere por muy diversos ejercicios en las instituciones culturales como la escuela: Leer en voz alta, redactar e identificar clasificaciones de diferentes tipos de textos, diferenciar tonos, estilos y argumentaciones de los escritores, identificar contextos sociales/políticos en los textos, determinar significados subyacentes.

 Cuando se está con un teléfono a la mano se tiene la sensación de afán o de ligereza en el tratamiento de los datos. Muchos estudiantes no revisan un mensaje en redes antes de mandarlo o no le aplican un corrector de escritura asunto en el cual nos enfocamos más si destinamos un lugar frecuente, programamos unas horas específicas, tomamos tiempos pausados para leer y re-leer así concentramos nuestra atención en una redacción en la cual vamos argumentando nuestras ideas.  

Para Nietzsche leer es acto de rumiantes, es decir hay que quedarse con el sabor del texto un rato en la boca, saber digerir contenidos, interrogar al autor. El mundo de lo virtual es el universo del afán, de la supuesta obligación de estar siempre disponible y conectado, lo virtual implica el instante, obligatoriedad de estar a todas horas pegado a una pantalla.

Por estos días un libro en papel se echa mucho de menos porque ese contacto de superficie proporciona otras motivaciones, desencadena el ánimo de los lectores, hace más fácil la secuencia de la lectura.  En algún ejercicio de investigación que llevé a cabo con estudiantes universitarios a quienes se les aplicó un cuestionario y se les hizo unas sesiones de etnografía de aula regulada, se determinó que un alto porcentaje de jóvenes prefieren leer en papel.

Hay una evidencia de este hecho, el negocio de papelerías y fotocopias al frente de las  universidades no ha dejado de existir (hasta antes de los días de la pandemia) como sí los de impresión de fotografías personales en papel, por ejemplo y a futuro quizás tienen más probabilidad de reabrir y continuar su ciclo las librerías que los bares, esos otros lugares para el encuentro con la palabra, el café y las cervezas.

Resulta que los jóvenes extrañan mucho estar en la universidad porque es obvio que no se va a esos lugares solo a escuchar a un profesor (para eso basta una reunión virtual) se va para hacer vida con otros, para disfrutar de contenidos alternos al de la propia formación. Ahora es muy paradójica la experiencia personal del espacio y tiempo, cuando ya tenemos todo el día en nuestras casas y no gastamos en desplazarnos resulta que todos experimentamos la sensación de que no alcanza el día para las actividades pendientes.

El peso de la propia casa nos consume. Quizás algunas universidades habían avanzado en estrategias de formación virtual. La educación pública tuvo que mandar a los estudiantes a vacaciones mientras los profesores se concentraban en idear materiales y contenidos para el entorno digital. Una vez convocados a  clases en algunos casos resultó que la tal educación virtual era leer unos talleres con unas preguntas para resolver en las casas.

Diseñar contenidos educativos para la web implica algo más complejo, en eso hay experiencias muy reconocidas como la de los edu.youtubers (Profe Julio, explica las matemáticas, por ejemplo) pero la tonalidad, la edición del video, las estéticas que pueden acompañar los dispositivos educativos superan el simple acto de una persona recitando un contenido para que por obligación sea escuchado por unos jóvenes que no están interesados en recibirlos.   

Parece entonces que la institución escolar en el entorno digital está desconectada de las expectativas, las necesidades, las lógicas y los deseos de los estudiantes. Algunos profesores asumen que dejar muchos links con diversos materiales para leer o de contenidos para descargar es una manera de dar las clases cuando de lo que se trata es de saber orientar en las búsquedas de contenidos y saber asumir críticamente los textos.

Los estudiantes de la educación media pública tanto como los universitarios extrañan su lugar de estudio por una fuerte razón: la posibilidad de recibir afecto y orientación de sus profesores cuando en muchos casos hay familias desestructuradas y casas sin conexión a internet. La pandemia muestra la realidad de la llamada brecha digital, no todo joven tiene un computador personal o un buen teléfono.

Según datos de la Fundación Empresarios por la educación en Colombia, es cerca de 21,7 millones de personas las que tienen acceso a internet, eso significa que los casi 23,8 millones de colombianos restantes, no cuentan con la posibilidad de conectarse. En la ruralidad las cifras de desconexión son mayores. Los estudiantes extrañan además su colegio porque es el lugar donde les brindan alimentación por eso las alcaldías tuvieron que generar otros canales de distribución del Programa de alimentación escolar.

 A la escuela no solo se va a escuchar un contenido, sino a  tener experiencias conjuntas de formación. Esa idea de distribuir por internet lo que se repite en las aulas desanima a los estudiantes con lo cual ya se prevé una deserción fundamentalmente en las universidades con motivo de la suspensión de las clases presenciales. Los universitarios de instituciones privadas se desmotivan por los costos de una educación que solo les dará contenidos a través de la web.

Además hay algunas carreras con asignaturas que implican más una presencia en esa interacción del cuerpo propio en el aula, asuntos que no se pueden resolver del todo por las pantallas.  Pensemos en la formación misma de todo el personal de la salud que le implica unas clases más operativas y de intervención, o bien carreras como la fisioterapia, la gastronomía, la creación audiovisual que demandan una interacción permanente entre las personas.

Entre las falencias más grandes de la educación actual están las competencias relacionadas con la capacidad de comprensión de lectura y con la resolución de problemas lógicos, la construcción de argumentos propios, la identificación de información falsa o bien descontextualizada.

En la era de la comunicación virtual bien sabemos que hay mucha falsa información que la gente se la apropia como si fuera verdadera e incluso ayuda a difundirla sin revisar sus fuentes. Desde siempre el sentido de la escuela ha sido el de enseñar a pensar para liberarnos de preconceptos, para darle sustento a las explicaciones causales y formales que rigen el mundo físico y social. Parece que estas son disposiciones de aprendizaje que con mayor razón deben ser  reforzadas en nuestros tiempos de encierro y miedo.

 Quizás tenemos todavía una institucionalidad educativa desconectada con el entorno, con la manera de producir contenidos y con la orientación hacia las tipologías de competencias que deben ser desarrolladas por los estudiantes que si bien nativos en el entorno digital quisieran ya salir corriendo hacia sus Colegios. Nunca pensaron que extrañarían tanto ese día de volver a re-encontrarse en el patio de la propia escuela.

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