Correo de Lectores
Crónica

La Sombra

Por Andres Arredondo especial para NOVA

Por Andres Arredondo especial para NOVA 

Primer tiempo

Era un hombre extraño, ni joven ni viejo, de gorrita mugrosa ladeada sobre las cejas. Llegaba todos los días que pasaban fútbol por la televisión, se acomodaba en un rincón de la tienda a sorber su cerveza y no apartaba más los ojos del partido.

Mi amigo el Mono y yo comentábamos la situación y siempre era lo mismo. Construíamos pirámides enteras de hipótesis sobre su identidad. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Por qué permanecía callado y aislado mientras todos nosotros no parábamos de comentar cada jugada, de sufrir y de gritar con los triunfos?

En realidad, al cobijo del fútbol, con el grupo que nos reuníamos en la tienda habíamos cultivado una amistad que ya podía llamarse así sin las generalizaciones fáciles de la buena educación. Todos excepto “la sombra” como llamábamos al contertulio silencioso.

El viejo Moncada era el más querido del grupo. Llegaba despacio, con sus setenta campeonatos  en la cabeza y en la piel. Se sabía de memoria todas las alineaciones de su equipo, que insólitamente no era el de nuestra región. Había que quererlo mucho para soportarle el rosario de campeonatos y alineaciones de su equipo azul, el Millonarios de la capital.

-“En el Millos de 1962…eh avemaría hombre, vea, jugaban: Cuesta, Díaz, Lombana, Vulcano, Lozano, Gallego, Jamardo, Malaver, Larraz, Arango, Campillo, Gamboa y Pizarro…” El viejo toma aire después de la enumeración jubilosa y remata su orgullo con la frase de siempre. “Eso si era fútbol, no como ahora que todo es negocio”.

Nosotros le celebramos las ocurrencias con regocijo, mostrándole todo lo que le respetamos su sabiduría en temas de fútbol. En esos momentos en que todos bromeamos o nos convertimos en un ovillo de comentarios, yo miraba a la Sombra de reojo para comprobar si  había alguna reacción en él, pero nada. Ni un músculo de su rostro se movía.

Después de muchas sesiones de fútbol en la tienda, me permití el artificio etnográfico de intentar descubrir sus sentimientos. Tenía que tenerlos. Rápidamente descubrí que en ciertos momentos tomaba la botella de cerveza y se embuchaba un buen sorbo, todo era cuestión de descubrir la relación entre el sorbo de cerveza y lo que estaba aconteciendo en el partido. Pero rápidamente mis observaciones me llevaron a un laberinto de pruebas y contrapruebas. De hipótesis  y decepciones. Nada coincidía, la Sombra bien podía sorber la cerveza al momento del gol y a la siguiente anotación no lo hacía.

Busqué el apoyo investigativo de mis compañeros en la tienda. Al Chamo, el dueño, le encomendé que hiciera observaciones cuando la Sombra llegara y no estuviéramos nosotros. Que intentara ponerle conversación o invitarlo a un trago. No hubo suerte. Al parecer la Sombra se dio cuenta que hacía parte de un experimento y redobló sus defensas de mutismo e introspección.

Intentamos obligarlo a que cambiara de lugar, sentándonos estratégicamente en su puesto. Pero la Sombra tomó su cerveza y se paró en la puerta a mirar el partido como si nada pasara.

Fue durante una tarde que tomamos la decisión investigativa que dio resultado. Santi, el Mono y yo acordamos que deberíamos averiguar por nuestros  propios medios de qué equipo sería hincha nuestra elusiva Sombra. Sabíamos que vivía calle arriba en un cuarto mugroso, que lucía por puerta un agujero tapiado por tablas. El miércoles en la noche, mientras mirábamos el partido de Nacional, me retiré sigiloso y penetrando en su cuartucho, presencié lo inesperado. Un santuario destinado al culto de su equipo, el Deportivo Independiente Medellín. Tenía fotos de él abrazado con jugadores de la época. En una imagen posaba con el Turrón Álvarez, sobre la mesita la imagen de Juan Guillermo Cuadrado y en la pared un recorte de prensa con el grito victorioso de Jackson Martínez. Yo sólo atinaba a mirar alrededor con la boca abierta. Salí como una flecha y de regreso a la tienda, Nacional ya iba arriba en el marcador por lo que los muchachos me recibieron entre abrazos.

-Es del Medallo…les dije.

Incrédulos, negaban el hallazgo. Ni siquiera parecía gustarle el fútbol.   El enigma crecía, pues no nos explicábamos como es que un hincha ferviente se contiene de ese modo tan antinatural. Sebastián sugirió que lo puyáramos. Que le preguntáramos por qué negaba su fe. Que teníamos pruebas. Era arriesgado, no sólo por confesar el crimen de incursionar en su guarida, sino porque su corpulencia y esas manos gruesas que mostraban unas arrugas de cuerdas gastas debían pegar como un mazo de demolición.

-No negués que sos del Medellín. Le dijimos entre bromas.

Al principio sólo entornó los ojos y al cabo de dos o tres minutos, escuchamos su cavernosa voz por primera vez.

-Quédense callados que ustedes de fútbol no tienen idea.

 Fue el punto de inicio de una historia narrada con intensidad y aunque era su propia vida, parecía la saga de un héroe en desgracia.

Segundo tiempo

Con su voz de bajo mal templado, la Sombra hiló una historia en la que eran una sola, su vida y el fútbol. Había crecido en Belén, junto al tierrero de la Nubia pegándole a la pelota con sus amigos. Fue mediocampista de los que paraban la pelota y miraban sin mirar, para soltar el balón al delantero en el último segundo. Jugó con el Medellín, pero no llegó a la división profesional por asuntos personales.

-El fútbol es un arte y una pasión, pero hay muchas envidias, los dueños del balón no somos los futbolistas y si no le caés bien a los que lo son, estás frito. Mi vida en el fútbol debió transmitirle ese fervor malsano a mi hijo, la persona que más he querido en el mundo. Siempre lo alenté para que apoyara al DIM. Desde pequeño le compré uniformes, juguetes y todo objeto que evocara el nombre y los colores de El Poderoso. Hoy en día, dudo si actué bien. Me parece verlo corretear el balón desde cuando era más pequeño que la misma pelota. También tuve la ilusión de verlo profesional, para que se llenara de gloria y asegurara su futuro, pero el negocio del fútbol es como un monstruo que te puede tragar sin que te des cuenta. A mi muchacho lo mataron por estar metido en las barras bravas. Estoy seguro que hizo diabluras, pero a él le cobraron estúpidamente con su vida. Desde entonces mi vida terminó. Perdí a mi esposa, vine a vivir en el agujero de allá arriba y a la condena de oírle las bobadas a ustedes.

La voz de metales oxidados cesó y entre nosotros cayó un silencio incómodo. Para todos fue el final del juego con La Sombra.

  

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