Correo de Lectores
Crónica

Árbol: La primera floración

Por Líderman Vásquez. Fotografías: Juan Fernando Ospina

Por Líderman Vásquez, especial para NOVA

En la semana de la antioqueñidad se hace un desfile por las calles próximas al colegio. No es un desfile muy grande, pues Las Nieves es un colegio pequeño que funciona en un edificio de seis pisos. A veces me imagino que es un hospital y cuando estoy en el descanso, sentado en mi banca, es como si estuviera en Policlínica esperando a un amigo al que le están cosiendo unos puntos. Tiene ascensor, pero nunca lo uso.

Durante el desfile se exponen los símbolos del colegio y silletas hechas por los estudiantes con florecitas de papel. La gente se asoma a los balcones de las casas, los perros ladran y los niños gritan de una acera a la otra. Por unos minutos se rompe la rutina de la mañana.

Ese año (dos mil trece) el rector llevó la silleta con la que ganó un premio en la Feria de las Flores. Casi terminando el desfile, como a media cuadra del colegio, conocí uno de los guayacanes más hermosos de Medellín. No estaba florecido, pero su tronco recto y grueso, y sus hojas verdes, me remitieron a la juventud saludable y ociosa. Desde el balcón una señora me confirmó que efectivamente se trataba de un guayacán, le dije que estaba muy bonito y ella, orgullosa, respondió que muchas personas venían a tomarle fotos y me ofreció unas semillas. Le dije que en otra ocasión, que cualquier día, también yo, vendría a tomarle fotos.

Terminó el dos mil trece, y el dos mil catorce, apurado, como si estuviera cagándose, con sus zancadas de corredor keniano, nos puso en abril. Hace poco estuve con los papás del árbol, don Conrado y doña Guillermina. A ella la encontré en la acera y me invitó a entrar. "Hable con mi marido, él le cuenta todo lo que quiera saber sobre el árbol", dijo.

Sentados en la sala, pequeña y acogedora, don Conrado hace sus cuentas y concluye que el árbol tiene treinta años. "Porque llevamos cuarenta años viviendo aquí", dice. Sé que su mente se mueve buscando los recuerdos. Si le quito todos esos años, queda un hombre joven, casi igual a su hijo Juan Fernando, que entra y sale, y en más de una ocasión mete la cucharada. "Los vecinos que vivieron en la casa de abajo –continúa don Conrado– querían cortarlo, era una gente que venía de Guarne y no les gustaban los árboles, a casi nadie le gustan. Decían que los árboles sirven en el campo, pero que en la ciudad son un estorbo. Figúrese, gente del campo hablando así. Por eso me preocupaba que le echaran un veneno y lo secaran, muchos árboles han muerto así, envenenados. Y esa gente vivió allí cuando nosotros llevábamos diez años de casados".

Me cuenta que todos los adolescentes de la cuadra siempre han visto ese árbol, crecieron con él. Pero los adolescentes tampoco aman los árboles, aman las tablets, los celulares, se aman fugazmente entre ellos. O quizá sea que en el fondo los llamados adultos no los entendemos. Eso de la adolescencia nos ocurrió hace tanto que cuando intentamos volver a ella a través de los recuerdos nos pasa lo que a don Conrado con los suyos: están enredados, lo que parece más allá está más acá.

"Treinta años, o quizá más. Pusimos la semilla en una bolsita con tierra y ahí fue creciendo, luego lo sembramos donde ha estado siempre. Los vecinos se quejan por las hojas, dicen que es basura. Hasta que cualquier día, Dios no lo quiera, a alguien se le dé por secarlo".

En ese momento entra doña Guillermina, que ha estado en la acera, sentada bajo el guayacán conversando, mientras Juan Fernando, su hijo, arregla o limpia una moto. Pregunta si no me han brindado nada y hace un gesto que millones de mujeres repiten en el mundo todos los días y que traducido sonaría a algo así como que los hombres no saben atender a una visita. Va a la cocina, que se ve al fondo, limpia, ordenada, y regresa con un vaso lleno de jugo de mora. La pongo al tanto de lo que hemos conversado.

"Lo sembramos cuando Juan Fernando tenía doce años, así que debe tener veintiuno. Me acuerdo porque una amiga, Maruja, que vive aquí arriba, en la 41 con la 85, me lo regaló en una bolsita negra. Es hijo de uno que ella tenía y al que los vecinos envenenaron.

Estos árboles sueltan las semillas y ellas caen a las mangas y germinan. Aquí, en cualquier pedacito de tierra donde cae la semilla, germina. Hay hijos de este árbol en Amagá y en Barbosa". Don Conrado ha estado callado todo el tiempo, cavilando, haciendo cuentas sobre la verdadera edad del guayacán. "Aquí han estado los de EPM tomándole fotos, y a muchas personas, como a usted, les parece un árbol muy bonito", continúa doña Guillermina. "Pero tiene muchos enemigos. Más de un vecino nos ha pedido que lo cortemos porque hace mucha basura. Por eso nos da miedo que le echen veneno y lo sequen", dice.

Y me acordé de un perro que tuvo mi abuela en Cartagena, un perro que se llamaba Delatur y al que le gustaba mucho la calle. Mi abuela vivía preocupada todo el tiempo porque algún vecino maldadoso podía envenenarlo, o golpearlo, y en las noches, cuando estábamos en la sala, Delatur se le montaba en las piernas y mi abuela ponía esa cara de preocupación, la misma que puso doña Guillermina cuando hablaba de la posibilidad de que a algún vecino se le diera por envenenar al guayacán.

Les pregunto cuando ocurrió la primera floración. Don Conrado parece haber quedado fuera de combate, cavila y guarda silencio. Es su esposa la que dice que esto ocurrió en el dos mil; y cuenta que tienen hijos en Estados Unidos y que para esa fecha su esposo viajó. "Nos fuimos de madrugada para Rionegro a llevarlo y cuando regresamos todavía era temprano y me acosté. Estaba aburrida porque él se había ido.

Cuando me levanté y abrí el balcón el árbol estaba lleno de flores. Fue su primera vez". Se me vino a la mente la imagen de José Arcadio Buendía, un personaje tan real como el sabor de las moras, y el día que en Macondo llovieron flores amarillas y había tantas que el ataúd apenas si podía avanzar, abriéndose paso entre tantos pétalos. "Fue la vez que más flores ha echado", remata doña Guillermina. Miro a don Conrado, que parece todavía estar sacando cuentas, y le digo que fue una bonita despedida, pero parece no entender y no insisto.

Seguimos conversando de otras cosas. Me preguntan por el colegio y les digo que todo va bien. En algún momento doña Guillermina empieza a recordar su infancia, los días de la escuela, y recuerda a una maestra muy buena que tuvo, Doña Hermilda, y millones de segundos antes de que aparezca la siguiente frase sé que vamos a terminar hablando de Pablo Escobar, un personaje que se metió en los huesos de los medellinenses como un resfriado.

Nos despedimos. Les prometo que volveré a tomar unas fotos: espero que estén los tres en el balcón, digo. En la acera está Luisa Zapata, una niña de octavo que sabe que las cosas conmigo no van tan bien como dije. Al día siguiente, cuando entro a 8° B, veo reproche en su mirada: "Anoche pasó cerquita de donde estaba mi mamá y no la saludó", dijo. Sé que por mucho que le explique no me creerá, nunca me creen, ella y otros treinta y cinco estudiantes más están al frente, cada uno con su escudo y su lanza, dispuestos al ataque.

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